Irán, 1 revolución y 2 historias: cómo cada sector intentó adaptar la narrativa de las protestas a sus intereses
- Desde el inicio de las protestas en Irán, surgieron dos narrativas opuestas: el régimen atribuye los disturbios a un complot extranjero y la oposición a un levantamiento nacional.
- Ambos sectores emplean estrategias de guerra psicológica, manipulación en redes y propaganda para reforzar sus relatos y marginar interpretaciones alternativas.
- Tanto la narrativa estatal como la opositora tienden a marginar a los propios manifestantes y centran el conflicto en una lucha por el poder.
Desde el estallido de la actual ola de protestas en Irán han surgido 2 narrativas muy contrapuestas para explicar lo que está ocurriendo en las calles.
Para el poder iraní, los disturbios se presentan como un complot orquestado desde el extranjero. Argumentan que se trata de un intento impulsado desde fuera para desestabilizar al Estado mediante la manipulación, la infiltración y las operaciones psicológicas sobre la ciudadanía.
Para la oposición, los mismos acontecimientos se enmarcan como un levantamiento nacional arraigado en agravios de larga data. Argumentan que las protestas señalan una ruptura entre la sociedad y el sistema político.
La forma en que se cuenta un conflicto es un componente clave en la guerra. Las protestas en Irán tienen dos relatos muy diferentes.
La elaboración de narrativas
En la era digital, la guerra psicológica ha ido más allá de la propaganda convencional y ha entrado en el ámbito de lo que los académicos Ihsan Yilmaz y Shahram Akbarzadeh llaman “operaciones estratégicas de información digital”.
Las operaciones psicológicas funcionan como instrumentos diseñados por el poder no solo para suprimir la disidencia sino también para alterar la forma en que los individuos perciben la realidad, la legitimidad y las posibilidades políticas. Su objetivo es cognitivo y emocional porque:
- Inducen al miedo, la incertidumbre y la impotencia.
- Sirven para desacreditar a los oponentes.
- Construyen una sensación de inevitabilidad en torno a un determinado escenario político.
Estas técnicas son empleadas no solo por los Estados sino también, y cada vez más, por actores no estatales.
Las plataformas de redes sociales se han convertido en los principales escenarios de esta lucha psicológica. Los hashtags, los memes, las imágenes manipuladas y los comentarios coordinados, a menudo amplificados por cuentas automatizadas, se utilizan para enmarcar acontecimientos, señalar culpables y moldear respuestas emocionales a gran escala.
Es necesario subrayar que el público no es un receptor pasivo de estas narrativas. Las personas que simpatizan con un determinado encuadre lo reproducen, refuerzan y controlan activamente dentro de las cámaras de eco digitales. De este modo, florece el sesgo de confirmación y se descartan o atacan las interpretaciones alternativas.
Por ello, el control de la narrativa no es una dimensión secundaria del conflicto sino un campo de batalla central. La forma en que se enmarca un levantamiento puede determinar su trayectoria. Puede determinar si sigue siendo pacífico o se vuelve violento, y si la represión interna o la intervención extranjera se consideran justificadas o inevitables.
La narrativa del régimen iraní
El régimen iraní ha enmarcado sistemáticamente el levantamiento actual como un complot orquestado por Israel, Estados Unidos y los servicios de inteligencia aliados. En esta narrativa, las protestas no serían una expresión de descontento interno, sino una continuación del enfrentamiento entre Israel e Irán. Esto, según se argumenta, forma parte de una campaña más amplia para derrocar al régimen y sumir al país en el caos.
Dos semanas después del inicio de las protestas, el Estado organizó grandes manifestaciones a favor del régimen. Poco después, el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, declaró que estas manifestaciones habían “frustrado el plan de los enemigos extranjeros que iban a llevar a cabo mercenarios nacionales”.
El mensaje era claro: la disidencia no solo era ilegítima, sino traicionera. Se describía a quienes participaban en ella como instrumentos de potencias externas, en lugar de ciudadanos con reivindicaciones políticas.
Iran warns it will target US military bases and Israel if the US attacks to protect protesters, as demonstrations continue in Tehran, with hundreds reported dead https://t.co/3wwN3CdhG0 pic.twitter.com/1ok1Mde8Z5
— Reuters (@Reuters) January 11, 2026
Demonizar la disidencia tiene un doble propósito. No solo es un método para silenciar a la oposición sino también una herramienta para manipular la percepción y moldear las respuestas emocionales.
Al presentar a los manifestantes como agentes extranjeros, el régimen busca fabricar conformidad, desanimar a los partidarios indecisos y proyectar una imagen de popularidad generalizada. El objetivo no es simplemente castigar a los críticos, sino señalar que la disidencia pública tendrá graves consecuencias.
Para reforzar esta narrativa, las cuentas de las redes sociales favorables al régimen han difundido contenidos que mezclan el encuadre ideológico con material factual selectivo. Los análisis sostienen que los acontecimientos en Irán siguen un conocido “manual de cambio de régimen”, así como declaraciones israelíes que sugieren operaciones de inteligencia dentro de Irán. Una característica común de este enfoque es la selección selectiva de comentarios de expertos o datos aislados para justificar la represión.
El momento y la amplificación de este tipo de contenidos también son significativos. Las redes sociales se utilizan mediante manipulación algorítmica para que el discurso del régimen se vuelva viral y margine las opiniones contrarias.
Al mismo tiempo que se va desarrollando, esta campaña digital se ve reforzada por formas más tradicionales de control. Las restricciones y los cortes de internet limitan el acceso a fuentes de información alternativas. Esto permite a los medios de comunicación estatales dominar las comunicaciones y frustrar los desafíos a la narrativa oficial.
En este entorno, la historia del régimen funciona tanto como propaganda como instrumento estratégico. Su objetivo es redefinir el levantamiento, deslegitimar la disidencia y preservar la autoridad, controlando la forma en que se interpretan los acontecimientos.
La narrativa de la oposición
Aunque la oposición está dividida, 2 grupos principales se han mostrado activos en la formulación de la narrativa de la oposición: los que apoyan la depuesta monarquía iraní y el grupo armado disidente Mojahedin-e-Khalq (MEK). A pesar de sus diferencias, ambos han contribuido a la misma historia.
Han elaborado una narrativa persuasiva, enmarcando el levantamiento como una emergencia moral que requiere intervención externa, en particular por parte de Estados Unidos e Israel. Esta narrativa no representa todas las voces de la oposición, pero ha ganado visibilidad a través de las redes sociales, los medios de comunicación en el exilio y las redes de activistas. Su objetivo principal es llamar la atención internacional sobre el conflicto y defender, y luego provocar, un cambio de régimen en Irán.
Una técnica central ha sido la legitimación y el fomento de la violencia. Los llamamientos a la protesta armada y la confrontación directa con las fuerzas de seguridad marcan un claro cambio de las movilizaciones civiles reclamando mejoras hacia un levantamiento violento de la población.
El elevado número de víctimas entre las fuerzas estatales -hasta el 11 de enero, se hablaba de más de 114– es un ejemplo de la eficacia de esta técnica. Esta escalada se justifica a menudo como necesaria para mantener vivo el movimiento y generar un nivel de derramamiento de sangre que obligue a la intervención internacional.
Según observadores internacionales, los enfrentamientos entre manifestantes armados y fuerzas estatales han provocado un número significativo de víctimas en ambos bandos.
Una segunda estrategia ha sido la de engordar las cifras de víctimas. El número de muertos que dan las plataformas de la oposición son mucho mayores que las cifras aportadas por organismos independientes.
Esta exageración tiene un claro propósito psicológico y político. Su objetivo es conmocionar e influir en la opinión internacional, presentar la situación como genocida o excepcional, y aumentar la presión sobre los gobiernos extranjeros para que actúen militarmente.
Un tercer elemento ha sido el uso de la intimidación y la coacción retórica. En algunas apariciones en los medios, opositores de alto perfil han amenazado a los comentaristas favorables al régimen, advirtiendo de represalias una vez que el poder cambie de manos.
Este lenguaje tiene múltiples funciones. Busca silenciar los puntos de vista alternativos, proyectar confianza e inevitabilidad, y presentar la situación como una lucha entre el bien y el mal. Al mismo tiempo, esta retórica corre el riesgo de alienar al público indeciso y reforzar las afirmaciones del régimen de que el levantamiento conducirá al caos o a una política de venganza.
Estas prácticas revelan cómo parte de la oposición también ha adoptado la guerra narrativa como herramienta estratégica. Esta narrativa se utiliza para amplificar la violencia, exagerar los daños y suprimir las interpretaciones contrarias. Su objetivo es redefinir el levantamiento no solo como una revuelta interna, sino como una crisis humanitaria y de seguridad que exige la intervención extranjera.
Al hacerlo, refleja el propio esfuerzo del régimen por convertir la narración en un arma en un conflicto en el que la percepción es tan importante como el poder.
De diferentes maneras, ambas narrativas acaban marginando a los propios manifestantes. Reducen un movimiento popular diverso a un instrumento de lucha por el poder, ya sea para legitimar la represión en el país o para justificar la intervención del extranjero.
* El autor es Investigador asociado, Estudios de Oriente Medio, Universidad de Deakin.
Esta nota fue originalmente publicada por The Conversation el 15/01/2026.
Fecha de publicación original: 15/01/2026
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