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13 minutos en vilo: cómo fue el regreso a la Tierra de Artemis II

Si tenés sólo unos segundos, leé estas líneas:
  • Los primeros astronautas en viajar a la Luna en más de medio siglo regresaron a la Tierra tras una misión récord a bordo del vuelo de prueba Artemis II de la NASA.
  • Durante la reentrada, la nave soportó temperaturas extremas de hasta 2.760 ºC y velocidades cercanas a 40.000 km/h, utilizando un escudo térmico especial y una técnica de descenso más controlada.
  • El operativo de rescate y los sistemas de supervivencia muestran cómo la exploración espacial se perfecciona con cada misión, incorporando aprendizajes de experiencias anteriores.

Anoche una estrella fugaz ha entrado en la atmósfera de nuestro planeta. Solo que esta vez no procedía del polvo cósmico: la hemos construido nosotros. Dentro de ella han llegado 4 seres humanos envueltos en plasma refulgente para recordarnos una idea tan antigua como radicalmente vanguardista: que la humanidad no está condenada a repetirse en la Tierra, sino llamada a reinventarse en el espacio.

Artemis II: qué desinformaciones circulan sobre la misión espacial que orbitó la Luna

La cápsula Orión, del programa Artemis II, ha amerizado en el Pacífico, frente a la costa de San Diego (EE.UU.), el viernes 10 de abril a las 17:07 (21:07 en Argentina), completando un viaje de casi 10 días que los llevó a una distancia máxima de 406.771 kilómetros de la Tierra. De las 2.600 toneladas que despegaron de Cabo Cañaveral hace 10 días, solo han regresado unas 9,3. Proporcionalmente, es como si de una botella de vino entera solo hubiese vuelto el tapón.

Una bola de fuego 

Orión ha afrontado la reentrada a alrededor de 40.000 km/h. A esa velocidad, que es casi 20 veces más rápida que la del malogrado Concorde, tardaríamos menos de 9 minutos en ir de Madrid a Nueva York. Vamos, que no nos daría tiempo a escuchar completo el American Pie de Don McLean –una canción muy apropiada para estos tiempos convulsos que nos acompañan, por cierto–.

Esas condiciones generan, al entrar en la atmósfera, temperaturas exteriores de alrededor de 2.760 ºC, provocando una bola de fuego brutal. La NASA dice que los meteoritos menores que un campo de fútbol se desintegran antes de llegar al suelo. Durante unos minutos, Orión no ha volado por el aire, sino que ha luchado encarnizadamente contra la atmósfera a base de incendiar el firmamento.

En esta imagen tomada durante la misión Artemis II, la Luna y la Tierra aparecen alineadas en el mismo encuadre, ambas parcialmente iluminadas por el Sol. Crédito: NASA

La cápsula, bautizada por sus inquilinos como Integrity (Integridad), ha soportado ese calor infernal gracias al escudo térmico de protección. que medía cerca de 5 metros de diámetro. Su superficie estaba formada por 186 bloques mecanizados de Avcoat, un material descendiente directo del usado en las naves Apolo. NASA lo describe como el mayor escudo ablativo (es decir, que se sacrifica, degrada y carboniza para salvar el interior) construido para una nave tripulada.

Pues bien, ese escudo ha cumplido su misión, sacrificándose de forma más “brillante”, nunca mejor dicho. No estaba pensado solo para sobrevivir a la reentrada sino para que sobrevivieran quienes viajaban tras él.

Reentrada a saltos

Aunque no se ha podido apreciar en las imágenes, Orión no ha entrado “a saco”, zambulléndose en la atmósfera “de cabeza”. Lo ha hecho utilizando una técnica llamada skip entry o reentrada a saltos, parecida al salto de la rana que hace una piedra plana rebotando sobre el agua.

Es decir, la cápsula ha entrado en capas altas de la atmósfera, ha “rebotado” parcialmente y ha vuelto a descender, aunque de forma más gradual que la anterior experiencia de 2022 con Artemis I. De este modo, ha podido reducir cargas térmicas y aceleraciones en ciertos perfiles, mejorando la precisión del amerizaje.

¿Y dónde ha ido a caer esa estrella fugaz tripulada? Orión ha llegado a una zona de recuperación prevista, no a un “capsulapuerto” ideal con código postal y coordenadas concretas. La operación estaba pensada precisamente para eso: absorber desviaciones de la ubicación de llegada. Así, recuperarla no dependía de un único barco, sino de un dispositivo naval y aéreo escalonado, con un buque anfibio principal, lanchas rápidas, buzos y apoyo aéreo. Esta “comitiva de bienvenida” estaba lista para actuar incluso si la cápsula caía lejos del punto ideal previsto.

Esperar vivo a que te encuentren

La filosofía moderna del kit de supervivencia espacial nació muy pronto. El océano enseñó a la carrera espacial que volver no basta: hay que ser capaz de esperar vivo a que te encuentren.

Durante los primeros vuelos estadounidenses se aprendió muy deprisa que un amerizaje en el océano no es lo mismo que una llegada a un aeródromo acuático. Ham, el chimpancé astronauta del vuelo Mercury-Redstone 2 (1961), fue el primer ser vivo que los EE.UU. enviaron al espacio. 

Desafortunadamente, en aquella ocasión la cápsula amerizó bastante más lejos de lo previsto y hubo tensión real durante la recuperación: el homínido estuvo a punto de perecer tras inundarse la cápsula. Ese tipo de incidentes llevó a decidir de que cada tripulación debía llevar equipo autónomo de supervivencia, no solo esperar al rescate.

La tripulación de Artemis II aparece en una balsa inflable, llamada “front porch”, tras salir de la nave espacial. La misión Artemis II amerizó con éxito en el océano Pacífico a las 20:07 (hora del Este) el 10 de abril de 2026. Crédito: NASA

En alta mar, como en el espacio profundo, la frontera entre la alta tecnología y el instinto más antiguo de la especie es sorprendentemente fina. Así, la cápsula lleva un kit de supervivencia que no solo permite flotar: colorea el agua para ser visible desde kilómetros de altura, protege del frío y del sol, emite señales luminosas y sonoras… y hasta incluye sistemas para ahuyentar tiburones. Cada elemento está pensado para que los astronautas puedan ganar tiempo mientras llegan los equipos de rescate y se abre la escotilla.

Hoy, los astronautas han pasado varias horas afrontando esa última prueba: esperar dentro de una cápsula flotando en mitad del océano, rodeados de silencio, gases tóxicos, calor residual y protocolos estrictos, hasta que la NASA ha confirmado que era seguro volver a casa.

Artemis II ha resultado un éxito, pero no se puede decir que lo haya sido “a pesar de los fallos de Artemis I”: precisamente ha conseguido regresar gracias a lo aprendido de aquellos. Como siempre ocurre en ciencia, cada error se ha convertido en conocimiento.

Hoy, durante el regreso de Integrity cual estrella fugaz, le hemos pedido un deseo al ver su estela, que tiene más que ver con las cosas que nos unen a los habitantes del planeta que con lo que nos separa. La diferencia es que, esta vez, dentro de la estrella había personas intentando concedérnoslo.

*Los autores son profesores de la Universidad de Cantabria, España.

Esta nota fue originalmente publicada en The Conversation el 11/04/2026

 

Fecha de publicación original: 11/04/2026

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