Nueva investigación: ¿Quiénes son más vulnerables a las desinformaciones sobre salud?

La desinformación no afecta a todas las personas por igual: frente a un mismo contenido falso, algunas lo reconocen sin dificultad y otras lo dan por cierto; frente a una recomendación sanitaria con respaldo científico, algunas confían y otras dudan. Entender qué hace que algunas personas sean más vulnerables que otras a la desinformación es clave para orientar intervenciones que ayuden a que la población esté mejor informada. La vulnerabilidad no responde a una única causa ni describe un único tipo de persona, y comprender esa complejidad puede orientar el trabajo de fact-checkers, comunicadores, organizaciones de la sociedad civil, gobiernos y otras instituciones.
Para poder estudiar esta pregunta de manera rigurosa, hacía falta acotarla a un área temática concreta. Elegimos la salud porque es un terreno donde la desinformación tiene consecuencias particularmente graves: puede llevar a las personas a abandonar o evitar tratamientos con eficacia comprobada o a consumir productos sin respaldo científico y que resultan perjudiciales. Además del daño individual, la desinformación contribuye a erosionar la confianza en la ciencia, en las instituciones y en los profesionales de la salud, generando un clima de sospecha que se retroalimenta y que debilita la capacidad colectiva de responder a problemas sanitarios reales.
En Chequeado abordamos la desinformación desde varios frentes: verificamos el discurso público, pero también trabajamos en alfabetización mediática y en el diseño de estrategias de comunicación que ayuden a que las personas estén mejor informadas y cuenten con herramientas para tomar decisiones. Entender quién es más vulnerable a la desinformación en salud, y por qué, nos permite diseñar estrategias diferenciadas para cada perfil, en lugar de intervenciones genéricas: qué aspectos de la información conviene reforzar en cada caso y cómo adaptar nuestras herramientas educativas y comunicacionales a necesidades distintas.
Nos guiamos por la evidencia, y por eso convocamos a un equipo de investigadores independientes, de trayectoria consolidada en sus respectivos campos, para generarla: Guillermo Solovey, doctor en Ciencias Físicas, investigador independiente del CONICET y especialista en los procesos cognitivos que subyacen a la toma de decisiones y a la creencia en desinformación; María Belén Zanoni, doctora en Ciencias Biológicas, con trayectoria en el estudio de la desinformación, sesgos cognitivos y comunicación científica en contextos de salud; y Guadalupe Nogués, doctora en Biología Molecular, especializada en el uso de evidencia y la comunicación de temas de ciencia y salud, con particular atención a la desinformación sobre vacunas. Su condición de equipo externo e independiente les permitió desarrollar el análisis y llegar a sus conclusiones con plena autonomía respecto de nuestras propias expectativas.
Entre los hallazgos principales se destacan:
- La discriminación entre información verdadera y falsa existe, pero es moderada y desigual. En promedio, las personas clasifican correctamente el 65,1% de los titulares, con amplia variabilidad entre unas y otras.
- El error más frecuente no es creer lo falso, sino no creer en lo verdadero. Esto corre el eje del problema: no alcanza con desmentir falsedades, sino que también importa que la información correcta sea reconocida como tal.
- Lo que mejor distingue a las personas vulnerables no es quiénes son, sino qué creen y en quién confían. Las características sociodemográficas pesan menos que las vinculadas con creencias y actitudes. La vulnerabilidad es transversal a nivel sociodemográfico.
- No hay un único perfil vulnerable, sino dos rutas distintas. Quienes no discriminan y tienden a creer (crédulos) y quienes no discriminan y tienden a no creer (escépticos) tienen predictores que no se superponen y, por lo tanto, piden intervenciones diferentes.
Lo más prometedor del trabajo es que las variables más asociadas a un buen desempeño son la alfabetización mediática, la alfabetización en salud y las actitudes hacia las vacunas: variables sobre las que se puede intervenir. Esto ofrece puntos de apoyo concretos para diseñar y evaluar intervenciones, y refuerza nuestra convicción sobre la necesidad de trabajar en alfabetización mediática. El estudio, además, muestra cómo esa alfabetización puede modular otras vulnerabilidades, lo que abre una vía para diseñar nuevas estrategias y nuevas formas de medir su impacto.
Podés leer el informe completo, con la metodología y los resultados en detalle en este enlace.
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