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¿La juventud sin preocupaciones? Los problemas de salud mental en la adolescencia

Si tenés sólo unos segundos, leé estas líneas:
  • Al contrario de lo que se piensa desde el mundo adulto, la adolescencia no es un momento de la vida sin preocupaciones, sino que se atraviesan problemáticas propias que tienen que ver con cuestiones intrínsecas al desarrollo madurativo.
  • Tras la pandemia, aumentaron las consultas por ansiedad y depresión de los y las adolescentes. También preocupa la creciente tasa de suicidios.
  • Se requieren más servicios de salud mental especializados en niñas, niños y adolescentes, equipos interdisciplinarios y trabajo en prevención.

Uno de los mitos que persisten en el mundo adulto es pensar en la adolescencia como un momento de la vida sin grandes preocupaciones, ni graves problemas que afrontar, quizás en parte porque los adultos recuerdan esos momentos sin las responsabilidades que vinieron después e idealizan ese período.

Sin embargo, la adolescencia es una etapa de cambios, en la que se juega la integración de diferentes aspectos: la autonomía con respecto a los padres, la identidad sexual, los dilemas filosóficos, religiosos y políticos, la elección vocacional, entre otros.

“Hay problemáticas propias, cuestiones que son intrínsecas al desarrollo madurativo del adolescente. Hay una crisis de crecimiento, nuevas sensaciones físicas, la crisis de transición de pasar al mundo adulto, la construcción de la identidad en su comunidad; todo esto genera preocupaciones y adaptaciones que es necesario elaborar y que requieren del mundo adulto un acompañamiento particular”, explicó a Chequeado Fernando Zingman, oficial de Salud adolescente de UNICEF Argentina.

“Se dan cambios no sólo corporales, madurativos sino también neurobiológicos. Desde lo subjetivo y psíquico hay una búsqueda de quién soy pero también una autoafirmación y una pertenencia, una identificación con pares y una diferenciación de los adultos”, sostuvo por su parte Silvia Ongini, psiquiatra infantojuvenil del Departamento de Pediatría del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Las y los adolescentes atraviesan experiencias que les son nuevas y que les pueden despertar tanto alegría y entusiasmo como dificultades y angustia. Precisamente por esto, es frecuente que transiten por momentos de malestar psíquico, sin por ello estar atravesando algún problema de salud mental.

Pero a los procesos comunes de la adolescencia se pueden sumar trastornos que no se identifican. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la mitad de los trastornos mentales comienzan en la adolescencia, pero la mayoría de los casos no se detectan ni se tratan.

El impacto de la pandemia

Es clave reconocer el impacto que tuvo la pandemia de COVID-19 y sus consecuencias en la salud mental de la población en general y, en particular, de las y los adolescentes. En primer lugar, muchos jóvenes tuvieron que suspender parte de sus actividades para incorporarse al mercado laboral o realizar tareas domésticas y de cuidado.

Por otro lado, la pérdida de los espacios de socialización, de desarrollo y esparcimiento con sus pares se plasmó en el aumento de problemas vinculados a la salud mental, tales como la depresión, la angustia y la ansiedad. Según una investigación internacional realizada por UNICEF en conjunto con la empresa de análisis Gallup en el primer semestre de 2021, 1 de cada 5 jóvenes de entre 15 y 24 años afirmó sentirse deprimido o tener poco interés en realizar alguna actividad.

De acuerdo con los datos de la quinta ronda de la Encuesta rápida COVID-19, realizada por UNICEF Argentina entre octubre y noviembre de 2021, el 16% de las y los adolescentes del país manifestó sentirse angustiada/o y el 12% deprimida/o frente a la incertidumbre que generó el contexto de la pandemia. Esto representa una disminución de 17 y 6 puntos porcentuales, respectivamente, frente a mayo de 2021.

“El aislamiento les quitó a los chicos algo que es fundamental para los y las adolescentes en nuestra cultura para definirse a sí mismos: el grupo y la interacción social”, señaló Zingman. Para Ongini, el aislamiento también tuvo un impacto muy significativo: “Tras la pandemia estamos viendo un aumento de las consultas por ansiedad, depresión e ideación suicida”.

Otra investigación realizada por Unicef sobre el efecto en la salud mental sobre este grupo concluyó que las y los adolescentes se vieron mayormente afectados emocionalmente, especialmente ligado a la pérdida de proyectos, la disminución de sus posibilidades de participación y la construcción de vínculos sociales.

La punta del iceberg

Los especialistas señalan que las consecuencias del COVID-19 tienen un gran alcance pero son sólo la punta del iceberg. Casi 16 millones de adolescentes de 10 a 19 años viven con una enfermedad de salud mental en América Latina y el Caribe, según un análisis de UNICEF. Entre ellas: ansiedad y depresión, trastornos por déficit de atención/hiperactividad, abuso de sustancias y trastorno del comportamiento.

También el suicidio representa un problema de salud pública grave y creciente: la OMS afirma que es la segunda causa principal de muerte a nivel mundial entre adolescentes y jóvenes de 15 a 29 años de edad. La situación en la Argentina está en línea con la tendencia internacional.

Según los datos oficiales de la Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS) -que depende de la cartera sanitaria nacional-, en 2020 fallecieron en nuestro país por suicidio 386 niños, niñas y adolescentes de entre 10 y 19 años, lo que da un promedio superior a un caso por día. Además, al analizar la evolución de la tasa de suicidios en la población adolescente, se constata que en los últimos años hubo un aumento creciente de la mortalidad por esta causa. Las tasas más altas se registraron en las provincias del noroeste, especialmente en Catamarca, Salta y Jujuy.

“El suicidio no se comprende en sí mismo como una entidad psicopatológica [N.de la R.: un trastorno psicológico] ni se circunscribe a un padecimiento mental; se entiende como un fenómeno multicausal en el que interactúan factores del orden individual, familiar, social y comunitario”, afirmó la médica pediatra Nora Poggione, miembro del Comité de Estudios Permanentes del Adolescente (CEPA) de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).

En un trabajo elaborado por el CEPA se afirma: “La relevancia del suicidio en la adolescencia no afecta sólo a un sector socioeconómico ni queda reducido al espacio privado -individuos, familias o pequeños grupos- sino que es un fenómeno transversal que trasciende al conjunto de la sociedad y, por esta razón, es obligatorio dar una respuesta a través de las distintas políticas públicas, priorizando un abordaje articulado, integral y comunitario”.

Faltan servicios especializados

En junio de este año, el Consejo Asesor de Salud Adolescente y Juvenil, coordinado por la Dirección de Adolescencias y Juventudes del Ministerio de Salud de la Nación, elaboró junto a más de 90 sociedades científicas y asociaciones de la sociedad civil el Primer Diagnóstico Federal. Allí se destaca que los y las adolescentes necesitan mayores espacios de escucha y reflexión sobre los temas que los atraviesan y más información adecuada y accesible sobre la temática de salud mental.

Y agrega: “Para eso se precisan equipos interdisciplinarios especializados para realizar los abordajes sobre esta temática, y luego equipos de seguimiento -también especializados- para poder acceder a los tratamientos adecuados cuando estos fueran necesarios”.

Sin embargo, el informe señala que existen pocos servicios públicos de salud mental en relación a la demanda y que no hay espacios para niñas, niños y adolescentes específicos para internación. A esto se le suman las desigualdades en el acceso y servicios de salud pensados para atender casi exclusivamente las urgencias en salud mental.

“Muchas personas no consultan a un servicio hasta que no están en una situación de crisis, porque no se trabaja desde la idea de salud-cuidado, sino casi exclusivamente desde la enfermedad-atención”, advierte el trabajo.

Para Zingman, en salud mental es necesario ampliar más la oferta de acompañamiento y que el mundo adulto se replantee y aprenda nuevas formas de cuidado: “Hoy hay mucha demanda de salud mental por parte de los chicos y las chicas. La manera en que lo expresan es repetida y es que quieren ser escuchados”.

Y agregó: “La adolescencia es una construcción con el mundo adulto, es un ida y vuelta. Requiere un acompañamiento particular que pueda aportar a la construcción de la autonomía, de la identidad. Ahí hay un gran trabajo que hacer para el mundo adulto en cómo cuidar y ofrecer escucha”.

Desde fines de 2021, UNICEF Argentina y la asociación civil Intercambios vienen implementando el proyecto “Centros de Escucha con Adolescentes” en San Antonio de los Cobres (Salta) y en General San Martín (Chaco), donde -por un lado- un equipo de adolescentes realiza acciones de apoyo social entre pares con el objetivo de promover la salud mental entre los y las jóvenes y reducir las barreras de acceso a la atención y, por el otro, un equipo de adultos se encarga de articular y sostener dichas acciones.

Aunque muchas veces los adultos piensan en la juventud como una época con pocas responsabilidades o recuerdan sus momentos de diversión, es un período de crecimiento complejo que necesita de atención, escucha y servicios de salud mental especializados.

Líneas de acompañamiento, apoyo y orientación en salud mental
Nación

Hospital Nacional en Red “Laura Bonaparte” (especializado en salud mental y adicciones)
Teléfono: 0800-999-0091, las 24 horas del día los 365 días del año.

Centro de atención al suicida
Desde todo el país: (011) 5275-1135.
Línea gratuita desde CABA y GBA: 135.

Ciudad de Buenos Aires

Salud Mental Responde. Todos los dìas, las 24 horas
Teléfono: 0800-333-1665.

Provincia de Buenos Aires

Subsecretaría de Salud Mental, consumos problemáticos y violencias en el ámbito de la salud: 0800-222-5462.

Signos de alerta

Algunas de las “señales de alarma” entre los y las adolescentes a las que estar atentos y pedir ayuda:

Tristeza persistente y constante.

Falta de concentración y/o dificultades graves en la escolarización.

Dificultades en el sueño y/o alimentación, como insomnio o hipersomnia (cuando la persona está excesivamente somnolienta), inapetencia o voracidad alimentaria.

Aislamiento y retracción continua. Escasa o nula comunicación con convivientes.

Desconexión del grupo de pares.

Pérdida de interés en actividades que antes le resultaban placenteras.

Autoagresión.

 

Esta nota es parte del proyecto Qué dicen de mí: mitos y realidades de las y los jóvenes en la Argentina que hicimos junto a UNICEF Argentina.

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