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Claves desde la ciencia para encontrar el amor

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30 septiembre, 2021 10:20 am | Tiempo de lectura: 12 minutos
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Si tenés sólo unos segundos, leé estas líneas:

  • Cuando estamos enamorados se activan regiones en el sistema de recompensa del cerebro y, al mismo tiempo, se desactiva un conjunto de regiones asociadas con las emociones negativas y el juicio social. Sí, el amor nos pone medio tontos.
  • Las personas que se encuentran en la primera etapa de un amor romántico intenso tienen síntomas parecidos a los de la adicción a una droga, incluyendo euforia, deseo, tolerancia, dependencia emocional y física, abstinencia y recaída.
  • La ciencia del amor estigmatizó y dejó activamente de lado el estudio de vínculos por fuera de la norma heterosexual y cisgénero, olvidando muchas veces que la diversidad es, en sí misma, un logro y una riqueza de la especie humana.

 

Un año y medio de pandemia. O sea: un año y medio de distancia social. En otras palabras: un año y medio en el que tuvimos muchísimas menos oportunidades de encontrarnos, gustarnos, chapar, enamorarnos… Fue un año y medio muy duro, pero el panorama parece estar cambiando: más aperturas, más vacunas, menos casos. Y una primavera hermosa.

En #InfoDeLaBuena vamos a hablar del amor.

¿Cómo definimos al amor?

Cuando la ciencia quiere describir, medir, analizar o entender algo, necesita definir bien a qué se refiere. No puede haber ambigüedades. Para poner al amor bajo el microscopio necesitamos definirlo claramente como… bueno, no es tan fácil.

Primero hay que explicar desde qué perspectiva lo definimos: no es lo mismo el amor romántico para la literatura, para la historia o para la biología. En la actualidad, el concepto de “amor” es muy diferente del que existía hace tan solo un siglo: la idea de un vínculo duradero entre dos personas que se casan y tienen hijos ya casi no existe más.

¿Significa esto que esa sensación de que nos hormiguea la panza, caminamos en las nubes y nos pasamos de la parada del colectivo es una mentira, un invento del capitalismo? 

Bueno, no, no es tan así.

La antropología biológica considera que el amor romántico evolucionó a partir de antecedentes de mamíferos hace 4 millones de años como un mecanismo de supervivencia para alentar el vínculo y la reproducción de a pares. Existe evidencia de que este tipo de atracción entre individuos cumplió una función evolutiva, principalmente como un sistema de motivación para ciertas conductas cooperativas

Incluso es posible que sea una forma evolucionada de cortejo, común a otros mamíferos: o sea, desde esta perspectiva evolutiva, el amor sería una forma eficiente de reproducción, en la que no es necesario volver a cortejar una nueva pareja cada vez, ahorrando así tiempo, energía y entradas de cine.

Sabemos, también, que es distinto del impulso sexual que nos permitió sobrevivir, perpetuar la especie y, eventualmente, desarrollar este invento que amamos y odiamos y que llamamos “sociedad”. Pero distintas culturas, en diferentes momentos históricos, le dieron a este mecanismo biológico un significado diferente: distintos rituales, distintas maneras de organización, distintos códigos y valores.

Por eso, cuando la ciencia define al amor romántico, lo hace de una manera bastante esquemática, ambigua y… sí, prejuiciosa. 

En las decenas de trabajos que leímos para escribir esta nota encontramos pocas investigaciones sobre el amor entre personas del mismo sexo. Entre las que encontramos, pudimos ver muchos prejuicios: tengamos en cuenta que, hasta el año 1973, el manual de psiquiatría más usado, el DSM de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, consideraba a la homosexualidad como una enfermedad

Hasta el año 2019, se consideraba que existía un “gen de la homosexualidad” en los seres humanos; recién en ese momento, un estudio realizado con casi 500 mil personas demostró, sin lugar a dudas, que la orientación sexual no se puede asociar a un rasgo genético determinado. 

La biología evolutiva encuentra en la atracción por personas del mismo sexo una paradoja: si la adaptabilidad de una especie se mide por su capacidad de reproducirse, y el comportamiento homosexual no es reproductivo, ¿por qué se desarrolló? La hipótesis más fundada es que la conducta homosexual podía generar la ventaja adaptativa de conformar y sostener alianzas, independientemente de su potencial reproductivo. O sea, una relación sexoafectiva entre dos jefes permitía sellar una alianza duradera entre dos clanes. 

Sin embargo, no hay todavía suficiente evidencia para sostenerla. Además, sus defensores ignoraron otras orientaciones y sus características propias, como la bisexualidad, de la cual también hay testimonios muy tempranos. Como el autor sostiene en las conclusiones del estudio, se trata de una conducta que no puede explicarse únicamente desde una perspectiva adaptativa, sino que debe incluir aspectos históricos, sociales y culturales. 

En resumen, la ciencia del amor estigmatizó y dejó activamente de lado el estudio de vínculos por fuera de la norma heterosexual y cisgénero, olvidando muchas veces que  la diversidad es, en sí misma, un logro y una riqueza de la especie humana.

Teniendo esto en cuenta, volvemos a la pregunta: ¿Cómo define la ciencia el amor? En la mayoría de los casos, se trata del auto-reporte subjetivo del amor en individuos o parejas. O sea, no se usa una definición objetiva de “amor” sino que se pregunta: “¿Está usted enamorada/o?” “¿Cuán enamorada/o se siente usted de su pareja, en una escala del 1 al 5?”. Según estas respuestas, se selecciona una población de personas que dicen estar enamoradas.

Es que el amor tiene razones que la razón no comprende.

¿Por qué nos besamos? Introducción a la besología

Aunque algunas formas del amor romántico se hayan desarrollado a la distancia e idealizando al destinatario o destinataria de nuestros sentimientos, la verdad es que, en cuanto podemos, tratamos de besarnos. Y no sólo en el mundo occidental: en diferentes culturas alrededor del mundo está atestiguada la práctica del beso. Cuando un niño o una niña ve a una pareja besándose, muchas veces su reacción es “¡qué asco!”: boca con boca, moviendo la lengua, intercambiando saliva, sabores y olores de otra persona. Pero a los grandes nos encanta, así que creamos una ciencia del beso o, como la llamaremos de aquí en más, “besología”.

Un estudio en psicología evolutiva analizó las diferencias entre varones y mujeres en la percepción de los besos para estudiantes universitarios. Como te dijimos antes, el estudio fue diseñado para analizar la conducta y las opiniones de varones y mujeres considerados heterosexuales; ¡descartaron los datos de personas que “solo” o “en su mayoría” se besaban con personas de su mismo sexo!.

Una de las hipótesis del trabajo era que las mujeres dan más importancia que los varones a los besos. Esto se debería a que, al intercambiar saliva, pueden evaluar la salud y la calidad reproductiva de una pareja potencial (según niveles de testosterona y otras sustancias). Como las mujeres son las que más invierten en la reproducción (tanto por su potencial reproductivo limitado como por el tiempo de cuidado de una cría), serían más selectivas. 

Los resultados fueron consistentes con esta idea. Más de la mitad de los varones (52,8%) tendría sexo con una mujer sin besarse previamente; en el caso de las mujeres, en cambio, apenas el 14,6% lo haría. Es decir, siempre según la hipótesis, que el 85,4% de las mujeres no participaría de una conducta (potencialmente) reproductiva sin probar antes la saliva del (potencial) progenitor.

¿Y qué tipo de beso prefería cada participante? Con una pareja establecida, con la que tienen una relación de largo término, parece que tanto los varones como las mujeres prefieren un beso con la boca bien abierta, de esos que te comen la boca. En cambio, con parejas eventuales o de corto plazo, los varones prefieren la boca abierta (55,6%) significativamente más que las mujeres (36,8%). 

Algo parecido sucede con la lengua: aunque varones y mujeres prefieren más contacto de lengua con parejas establecidas, los varones prefieren más lengüetazos que las mujeres con parejas eventuales. ¿Cómo explican estos resultados? Bueno, parece que los varones perciben menos este tipo de señales sensoriales y entonces necesitarían más saliva y contacto de lengua para evaluar la fertilidad de la mujer.

Ahora bien: ¿explica realmente este tipo de análisis por qué nos besamos? ¿Realmente alguna zona de nuestro cerebro está detectando niveles de testosterona y estrógenos en la saliva de la otra persona para evaluar si podremos reproducirnos satisfactoriamente? ¿Por qué las parejas seguimos besándonos aunque no busquemos iniciar una relación sexual o no busquemos reproducirnos? Aunque es posible que haya algo de biología evolutiva en esta hermosa costumbre de andar a los besos, no alcanza para explicar por qué lo hacemos con tantas ganas.

Quizás tenga que ver con nuestro cerebro, y con ese lío hermoso que tenemos en las neuronas cuando estamos enamorados.

El amor en las neuronas

Como te dijimos más arriba, muchos estudios sobre sentimientos y sensaciones se hacen sobre el “reporte subjetivo”, es decir, sobre lo que una persona cuenta de sus sentimientos o sensaciones. 

Imaginate que te pregunto: “En una escala del 1 al 5, ¿cuánta satisfacción te produce estar enamorado o enamorada por más de dos meses, siendo 5 muy satisfactorio y 1 nada satisfactorio?”. Tu respuesta va a depender de muchos factores: de lo que entiendas por “satisfacción”, de si estás o estuviste enamorado o enamorada por más de dos meses, de lo que entiendas por “estar enamorado o enamorada”, de lo que pienses que quiero escuchar… Ahora, imaginate que pudiéramos ver lo que pasa en tu cerebro mientras estás enamorado: ahí ya no hay diferencias subjetivas; podemos ver directamente qué regiones se activan y cómo funcionan. Por suerte, podemos hacerlo.

La mayoría de las veces, el amor romántico se desencadena por un estímulo visual, aunque eso no significa que otros factores, como la voz, la inteligencia, la simpatía o el bienestar económico no entren en juego. Por ese motivo, cuando miramos la cara de alguien de quien estamos apasionada y pegajosamente enamorados, hay áreas específicas del cerebro que se activan, independientemente del género. 

Tres de estas áreas se encuentran en la corteza cerebral, mientras que otras están en algunas zonas debajo de la corteza. Unidas, forman partes de lo que se conoce como “cerebro emocional”. El estudio de las imágenes provistas por resonancia magnética del cerebro permite diferenciar a alguien que está viendo una foto del amor de su vida, de alguien que simplemente siente deseo físico por una persona, o mira fotos de personas a las que quiere de manera no romántica (como hijos, hijas, amigos o amigas).

Hasta hace muy poco tiempo, las resonancias magnéticas sólo se podían realizar de manera individual. Esto las volvía poco adecuadas para observar el cerebro enamorado, que prefiere siempre estar (por lo menos) de a dos. En el año 2020, se publicó un estudio que mostró un prototipo de tomógrafo para parejas en el que se podía observar los cerebros de dos personas que se tocaban los labios. Y la reacción fue hermosa: sus cerebros se iluminaron al mismo tiempo y en las mismas regiones. Sí, esos fuegos artificiales no estaban sólo en tu imaginación: eran impulsos eléctricos recorriendo tu cerebro. 

¿Qué partes del cerebro se activan cuando estamos enamorados? Sobre todo se activan regiones en el sistema de recompensa del cerebro, que coinciden con áreas ricas en receptores de oxitocina y vasopresina. Al mismo tiempo, se desactiva un conjunto de regiones asociadas con las emociones negativas, el juicio social y la “mentalización”, es decir, la capacidad de evaluar las intenciones y emociones de otras personas.

O sea: cuando te enamorás, tu cerebro usa un mecanismo que desactiva la corteza prefrontal que te permite el pensamiento crítico, mientras aumenta la participación de los circuitos de motivación y recompensa subcorticales. Digamos que el cerebro te recompensa por no pensar demasiado. 

Sí, ya sé: el amor nos pone medio tontxs.

El amor es una droga

¿Cómo nos atraemos los seres humanos? Influyen muchos factores; uno de ellos, casi seguro, es el olfato. Parece que las hormonas sexuales femeninas (estrógenos) y masculinas (andrógenos) liberan una sustancia parecida a las feromonas de los animales, que pueden producir efectos de excitación sexual. 

Un equipo de investigación sueco estudió cómo actuaban estas sustancias en el cerebro de individuos heterosexuales y (¡por fin!) homosexuales. Los resultados mostraron que estas casi feromonas efectivamente despertaban interés sexual, activando el hipotálamo de los individuos, pero ese interés no estaba determinado por el sexo biológico sino por la orientación sexual. 

O sea: los varones homosexuales y las mujeres heterosexuales se sentían atraídas por las feromonas del andrógeno masculino; y, de manera inversa, los hipotálamos de las mujeres homosexuales y los varones heterosexuales de activaban como locos al percibir las feromonas del estrógeno femenino. 

Es una verdadera pena que el estudio no haya tenido en cuenta a personas bisexuales, que se sienten igualmente atraídas por varones y mujeres: ¿reaccionan igualmente a ambos tipos de feromonas? ¿Lo hacen en la misma medida que las personas homosexuales o heterosexuales? ¿Hay algún científico o alguna científica en la sala?

Pero la atracción sexual no es todo. Llega un punto en el que, incluso con vergüenza, reconocemos que estamos enamorados. Rápidamente, sin embargo, perdemos la vergüenza y lo gritamos a los cuatro vientos, y lo escribimos en las redes sociales, y compartimos frases melosas horripilantes con imágenes de una pareja caminando por la playa al atardecer. ¿Por qué nos pasa esto? 

Bueno, las personas que se encuentran en la primera etapa de un amor romántico intenso tienen síntomas parecidos a los de la adicción a una droga, incluyendo euforia, deseo, tolerancia, dependencia emocional y física, abstinencia y recaída. Esta sensación es producto de la serotonina, asociada a la sensación de felicidad y bienestar, y la dopamina, muchas veces llamada la “droga del amor” (cuyo nombre suena a la palabra “dope”, en inglés, “droga”, aunque es pura coincidencia). 

La dopamina genera esa sensación tan rara de “excitación general” del amor romántico, de euforia; también produce esa sensación de vacío cuando la persona amada no está. Como toda droga, puede producir síndrome de abstinencia, y extrañamos horrores a las personas que queremos. 

Con el pasar del tiempo, los niveles de serotonina vuelven gradualmente a la normalidad y ese amor eufórico, pegajoso y lleno de estrellitas de colores se empieza a moderar. Ahí es cuando entra en juego la oxitocina, un neurotransmisor relacionado con la estabilidad de los vínculos que se asocia comúnmente con el sexo, la lactancia y el dar a luz. Es decir, la oxitocina es precursora de lazos duraderos, porque refuerza en el tiempo la evaluación positiva que hacemos de una persona. 

Amor ¿para siempre?

El ideal de amor romántico que aprendimos con las novelas y las películas del siglo XX era, en casi todos los casos, heterosexual y eterno. O, según la fórmula religiosa, “hasta que la muerte los separe”. Incluso muchos modelos de lo que significaría “envejecer bien” (successful ageing) están basados en este concepto. Este ideal ya no está vigente y son muchas las personas que se involucran en una relación sexoafectiva sin la expectativa de envejecer juntas.

Esto no significa que no haya personas que envejecen juntas, felices y enamoradas. Desde un punto de vista biológico, esto también puede explicarse evolutivamente. Aceptando que la función más obvia del comportamiento sexual es la reproducción, la especie humana desarrolló vínculos emocionales (sí, ya sé, eso que llaman amor). ¿Por qué? Para criar a nuestras crías, que son mucho más dependientes que las de otras especies. 

Con el aumento de la edad, cuando la reproducción ya no es tan importante, las funciones de vinculación de las parejas siguen siendo relevantes. Digamos que el amor eterno es una mezcla de mutua utilidad, dependencia y acostumbramiento.

Pero no todo es fría evolución. Aunque algunos escritores han considerado que el matrimonio y las relaciones de largo plazo matan al amor romántico, estudios recientes han mostrado que el panorama es más complejo. 

Las diferentes actitudes hacia el sexo y la búsqueda de parejas varía según la edad y el género. Una encuesta sobre citas y sexualidad en Estados Unidos muestra que los varones heterosexuales tienen una vida sexoafectiva más activa que las mujeres heterosexuales durante la adultez tardía (a partir de los 60 años). Sin embargo, estas diferencias no operan igual en todas las etapas de la vida, porque las diferencias de género se reducen o se eliminan durante la mediana edad.

Ademas, con la edad el interés en el sexo decae. Esto no se debe a motivos puramente biológicos (como la menopausia, las disfunciones eréctiles, etc.) sino también psicosociales: al percibirse menos deseables, al considerar su cuerpo menos atractivo, al sufrir estrés, cambios de humor y cambios en las relaciones interpersonales, el interés en el sexo disminuye. 

Pero igual queda el amor: el amor romántico que incluye intensidad, compromiso e interés sexual, sin importar cuán maltrechos lleguemos física y mentalmente a la última etapa de nuestras vidas. Una publicación del año 2009 mostró que sí, que el amor puede sobrevivir a las relaciones de toda la vida. Entre las causas que explican esta persistencia del amor romántico en el tiempo se encuentran, sobre todo, la satisfacción de ambas personas con la pareja, el bienestar mutuo y una alta autoestima.

Así que ya sabés. Quizás el amor haya sido un mecanismo adaptativo; quizás comenzamos a besarnos para detectar la fertilidad de una posible pareja, y en el camino encontramos funciones no reproductivas para el sexo. Pero que eso no te detenga. 

Mirá qué lindo día es hoy. 

¿Por qué no salís a encontrar al amor de tu vida?

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