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La ciencia del humor: ¿por qué nos hace reír un chiste?

Si tenés sólo unos segundos, leé estas líneas:
  • La risa es parte de un lenguaje universal de emociones básicas que todos los humanos reconocen. 
  • El humor genera respuestas de recompensa en el cerebro, las mismas que se despiertan con una comida favorita o las adicciones: una vez que te reíste, tu cerebro quiere más.
  • Hoy sabemos que es posible usar el poder de la risa para mejorar la salud y mejorar la enseñanza y el aprendizaje.

¿Tenés cosquillas? Probá de hacerte cosquillas en este momento. ¿No pasa nada? Ahora hacele cosquillas a otra persona. ¿Por qué esa persona se ríe y vos no? La respuesta a esta pregunta es una verdadera teoría del humor: no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos porque, al predecir la estimulación táctil (es decir, que vamos a tocarnos, y en qué parte del cuerpo), disminuyen sus efectos. Dicho en otras palabras: la risa es un efecto de la sorpresa. Sí, un bajón si descubrís con este dato que no podés hacerte una fiesta sorpresa.

Ahora decile a otra persona que le vas a hacer cosquillas, pero todavía no lo hagas. Esperá un poco. Un poco más. ¡Ahora sí! ¿Qué sucedió? Seguramente haya sentido todavía más cosquillas. Esto se debe a que la sensación de cosquilleo es mayor si hay una diferencia de tiempo entre el momento en que sabemos que vamos a recibir una cosquilla, y el momento en que efectivamente la recibimos. En otras palabras: la anticipación aumenta la sensación de cosquilleo.

La risa no es fruto de una estimulación sensorial; no hace falta que nos hagan cosquillas para reírnos de un chiste, un monólogo de stand-up o una comedia. Siempre se pensó que la risa sólo nos ocurría a los seres humanos. Sin embargo, se hicieron experimentos con ratas y chimpancés que mostraron que ellos también reaccionan con “vocalizaciones de respuesta a las cosquillas”. ¿Nunca viste cómo se ríe un orangután? Acá tenés uno (y parece que le encantan los trucos de magia):

La risa es espontánea, involuntaria y contagiosa, al punto que raramente nos reímos en soledad: es 30 veces más probable reírnos con otras personas que estando solos. Sin embargo, no todas las risas son iguales: las que son sonoras (y suenan como “jajaja”, “jejeje”, etc.) generan un efecto más positivo en quien las escucha. En cambio, las que son sonidos no vocalizados, gruñidos o ronquidos generan mayor desagrado, especialmente si quienes las producen son mujeres.

Además, nos reímos distinto según con quién estemos, y eso se nota. Un estudio publicado en 2015 muestra que podemos identificar si 2 personas que ríen al mismo tiempo son amigas o desconocidas sólo por su manera de reír. El experimento se realizó con 966 personas de 24 culturas distintas, lo cual significa que la risa nos sirve como especie para conocer el grado de relación que tienen 2 personas. Por eso nos molesta tanto la risa falsa: porque nos damos cuenta del engaño.

La risa aparece muy temprano, incluso antes que el lenguaje: hacia los 3 meses de edad los bebés humanos comienzan a reírse y ya no paran. Cumple desde ese momento una función social muy importante, porque le indica a la otra persona que queremos conectarnos con ella. Un experimento con chicos y chicas de entre 2,5 y 4 años mostró que era 8 veces más probable que se rieran viendo dibujitos con sus amigos que viéndolos solos.

La risa es parte de un lenguaje universal de emociones básicas que todos los humanos reconocen. Sabemos que es posible usar el poder de la risa para mejorar la salud y mejorar la enseñanza y el aprendizaje. El humor puede ayudar a construir relaciones y mejorar el desempeño de los estudiantes atrayendo y manteniendo la atención, reduciendo la ansiedad, mejorando la participación, y motivación creciente.

Además, el humor es un antídoto para el estrés ya que estimula múltiples sistemas fisiológicos que disminuyen los niveles de hormonas del estrés, como el cortisol y la epinefrina, y aumentan la activación del sistema de recompensa que libera dopamina.

¿Qué es el humor? (spoiler: todavía no lo sabemos)

Dice Alejandro Dolina que dijo Jorge Luis Borges que dijo Arthur Schopenhauer que el humor es “poner una cosa allí donde no va”, explicando de esta manera que está íntimamente ligado a la sorpresa, al contraste. El neurocientífico Scott Weems, en su libro Ja! La ciencia de cuándo reímos y por qué (2014), coincide: para él, el humor surge de un conflicto interno en el cerebro y forma parte de nuestro proceso de comprensión del mundo.

Básicamente, y de forma resumida, lo que sostiene Weems es que ante un dilema, ante una situación con múltiples resoluciones, el cerebro naturalmente tiende a apostar a la resolución lógica y, cuando esta expectativa se frustra, lo disfrutamos y nos reímos. Eso explicaría por qué no funciona de la misma forma un chiste cuyo final ya conocemos.

Pero no es tan fácil: no todas las sorpresas son humorísticas, ni todo el humor depende de la sorpresa. Cuando vemos un sketch, o volvemos a ver un show de humor, muchas veces lo hacemos precisamente esperando esa parte que ya conocemos, ese remate o muletilla que conocemos y nos hace morir de risa. Y otras veces un chiste nos puede causar mucha gracia sin que eso se traduzca en risa. Y otras veces nos reímos de algo que no nos causa gracia.

Para otras personas, el humor puede convertirse en una forma de crítica social, especialmente cuando nos reímos de quienes tienen poder. Visto desde ese lugar, el humor nos permite decir lo que está prohibido, combatir la hipocresía desde el lugar, relativamente seguro, del chiste, de lo inverosímil o lo ridículo.

Se puede pensar en el chiste como la unidad mínima del humor. Generalmente, es una narración corta, oral o escrita, que termina en un remate. Su estructura más simple es una situación inicial, que puede ser cotidiana o extraordinaria, y un remate, que resuelve la situación inicial, generalmente de una manera incongruente. Esto último es muy importante, porque la situación inicial genera expectativas que el remate no respeta, dando una respuesta completamente inesperada. El remate nos tiene que sorprender para ser gracioso; si lo podemos prever, o si ya conocemos el chiste, nos causa menos gracia, o incluso ninguna.

El chiste, sin embargo, no es lo único humorístico: si no está acompañado por gestos, tonos de voz, objetos, actitudes, etcétera, no suele ser muy gracioso que digamos, y seguramente no nos haga reír del mismo modo leer un chiste en un libro que escucharlo y verlo. En otras palabras, el humor tiene siempre un lado no verbal que depende de la actuación de una persona; incluso cuando leemos un chiste en soledad, lo hacemos actuando.

En un libro clásico de 1905, El chiste y su relación con lo inconsciente, Sigmund Freud planteó la hipótesis de que el humor permite una liberación segura de los impulsos sexuales y agresivos generalmente reprimidos. Pero hay algo más, porque entender un chiste involucra procesos cognitivos de alto nivel, que juegan un papel crucial en la vida social humana. Pensá en esto: entender un chiste significa detectar una situación incongruente (“una cosa allí donde no va”) y encontrarle una resolución que, al no ser lógica, genera un momento de revelación cognitiva.

Esta capacidad de comprender y apreciar un chiste es considerado un atributo exclusivo de los seres humanos, porque activa regiones del cerebro que son exclusivas, como las que involucran el lenguaje y los significados. Ahora bien, esta capacidad cognitiva de entender un chiste varía según la cultura y la clase social. El humor negro, por ejemplo, está asociado a personas con mayor inteligencia verbal y no verbal, niveles más altos de educación y niveles más bajos de agresividad.

La manera en que percibimos a las personas con sentido del humor incide en nuestras conductas sociales, y esto parece tener una fuerte relación con el género. En un estudio realizado en Alemania en los años ‘90 se observó que las mujeres que más reían en la primera cita con un varón luego se mostraban más atraídas hacia él. De la misma manera, los varones se mostraron más atraídos hacia las mujeres que reían más durante el primer encuentro.

En el campo laboral, el humor también nos ayuda… a los varones. En efecto, un experimento publicado en 2019 muestra que si sos varón y tenés más sentido del humor, las personas tienden a atribuirte mayor estatus laboral que a varones menos divertidos. En cambio, a las mujeres más divertidas se les atribuye un estatus más bajo en comparación con las mujeres no chistosas. Estas diferencias tienen implicaciones para las evaluaciones de desempeño posteriores y las evaluaciones de la capacidad de liderazgo, lo cual muestra que el sentido del humor también es percibido a través de los estereotipos de género.

La percepción social del humor también depende mucho de la edad. Las personas mayores se ríen menos (en volumen y en cantidad de risa) que las personas más jóvenes. Además, las personas mayores disfrutan del humor más que las personas jóvenes, aunque a veces tengan más dificultades para comprender los chistes. Si querés hacer reír a adultos mayores no hagas chistes agresivos y mucho menos relacionados con la vejez.

Cosquillas en el cerebro

¿Por qué nos reímos de un chiste? Para la ciencia no es fácil responder esta pregunta. En primer lugar, hay que aislar un estímulo y su respuesta: te sientan en una habitación, te ponen un casco lleno de cables y te dan una serie de chistes escritos. No es muy gracioso, la verdad; pero tampoco es muy realista: el humor es una actividad socialmente relevante, que funciona mejor cuando hay otras personas. Nos reímos para manejar situaciones estresantes, para reducir el roce social ante desconocidos, para ser más atractivos o más atractivas, para crear lazos sociales… Pero, ¿por qué?

Desde el punto de vista fisiológico, parece que el humor afecta muchas zonas del cerebro: una red coordinada de respuestas a la generación de expectativas y asociaciones, a la percepción de incongruencias y el cambio de esas expectativas; y todo esto resulta en respuestas físicas de alegría y risa. En un estudio reciente, 2 investigadores hicieron resonancias del cerebro a personas mientras miraban videos de diferentes comediantes. Descubrieron que los clips que causaban más gracia en las personas estudiadas provocaban una mayor activación en varias regiones del cerebro involucradas con las respuestas de recompensa, incluyendo el núcleo accumbens, caudado y putamen.

Esto significa que el humor genera respuestas de recompensa en el cerebro, las mismas que se despiertan con tu comida favorita o las adicciones: una vez que te reíste, tu cerebro quiere más.

¿No te pasa que ves un show de stand-up y parece que te estuvieran leyendo la mente? ¿Que las cosas que te cuentan son las mismas que te pasan a vos? Se debe a que el humor está muy vinculado a la empatía, porque al reírnos de un chiste nuestro cerebro trata de decodificar el estado mental de la otra persona. Por eso algunos comediantes nos gustan más que otros: porque es más fácil identificarnos con ellos.

No todas las carcajadas son divertidas: una epidemia de risa

El 30 de enero de 1962, un grupo de estudiantes de una escuela para niñas comenzó a reír en Tanganica, hoy Tanzania. Nada raro por ahí: en las escuelas se escuchan, por suerte, muchas risas. Primero eran 3; para marzo de ese año, eran 95 las alumnas que se reían sin parar, y tuvieron que cerrar la escuela. Recién cuando bajaron a 57 volvieron a abrir la escuela en mayo, pero en junio la cerraron nuevamente por una epidemia de risa que impedía su funcionamiento.

El reporte original del caso dice que fueron cerradas varias escuelas de 3 localidades cercanas, con alrededor de 1000 alumnos que no podían parar de reír. El mito se agigantó con el tiempo, y algunos afirman que todo el país estuvo un año paralizado a causa de la risa. Sin embargo, a los 18 meses, así como había llegado, esa risa masiva e incontrolable se fue, sin que se pudieran identificar las causas.

Durante mucho tiempo se ensayaron algunas explicaciones exageradas: risa supercontagiosa, una conducta social exagerada o un virus que produce la “enfermedad de la risa” o “kuru”, entre otras.

La risa no era el único síntoma extendido entre las 1000 personas afectadas, ni sucedió de manera continua durante un año y medio, sino que eran episodios breves pero reiterados de risa incontrolable, llanto y movimientos corporales parecidos al baile.

Recién en el año 2007 se realizó un estudio sistemático y completo de toda la información disponible y el panorama se aclaró bastante: se trató de una variante motora de una enfermedad psicogénica de masas (también llamado “histeria colectiva”) desencadenada por una situación social de mucho estrés y presión social sobre los adolescentes que estaban en edad escolar en esa zona. En otras palabras, fue una epidemia de risa que no tuvo nada de gracioso.

Esto muestra que la risa es un síntoma del humor, pero no es lo mismo: una manifestación externa de algo que pasa internamente. Aunque eso que pasa puede ser un chiste, también puede ser otra cosa: estrés, ansiedad; incluso ciertos tipos de epilepsia. De hecho, se ha encontrado que el área motora suplementaria del cerebro puede estimularse con electrodos para provocar sonrisas o, incluso, carcajadas.

Sí, ya sé, no es muy divertido que digamos. Pero bueno, ¿qué querés? Esto es ciencia. No hay remate.

Colaboraron: Federico Simonetti y Nadia Chiaramoni

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Comentarios

  • Carlos alias: el charli27 de enero de 2021 a las 6:13 pmEstoy sorprendido , impactado ya que después de esta clase magistral pude comprender el porgue cuando me veo en el espejo me da risa muchas gracias por habrir el estado conciente de mi ignorancia sicosomatica

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