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¿Por qué decimos cosas que sabemos que no son verdad?

Unsplash | CC: Priscilla Du Preez

03 Julio, 2020 10:16 am | Tiempo de lectura: 8 minutos
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Si tenés sólo unos segundos, leé estas líneas:

  • Sabemos que las fake news son más virales que otro tipo de comunicaciones, se viralizan más rápido y que las emociones juegan un rol clave.
  • Buena parte del debate pasa por la responsabilidad que tienen las plataformas y redes sociales sobre los contenidos que en ellas se comparten.
  • Para cada uno de nosotros y de nosotras, el desafío está en leer críticamente el contenido que nos llega. También en detenernos y pensar, antes de compartir información, si es precisa, si está basada en evidencias, si nos da confianza. 

El hincha de fútbol sabe que su equipo a veces gana y, a veces, pierde; que hay equipos mejores y equipos peores, y que tanto los jugadores como otros hinchas están perfectamente al tanto de esa situación.

Los enamorados saben que no existe un índice objetivo de belleza que permita calificar a su pareja con un puntaje y que ese puntaje sea el más alto del mundo.

Las mamás y los papás saben que “siempre” es demasiado tiempo, que no van a compartir todo tiempo y lugar con sus hijos y que hay riesgos frente a los cuales no van a poder hacer absolutamente nada.

¿Son mentiras, entonces?

No: son frases que no se evalúan por su contenido racional sino por su contenido afectivo; es decir: no proponen que algo sea verdadero o falso, sino que expresan una emoción o un deseo. Así, cuando voy a la cancha expreso mi apoyo al equipo y mi pasión; cuando hablo con mi pareja, manifiesto que la amo y la encuentro hermosa; cuando hablo con mis hijas o mis hijos, les transmito seguridad y confianza.

En cada acto de comunicación ponemos en juego un componente racional e informativo, con otro que es afectivo y emocional. Las fake news (FN) se alimentan, sobre todo, de ese segundo componente.

¿Qué son las fake news?

El término fake news es un poco ambiguo y, aunque pensamos que sabemos a qué nos referimos, puede usarse para referirse a cosas diferentes. Por un lado, puede referirse a un tipo de noticias que difunden contenidos con baja factualidad (describen hechos falsos o engañosos), una estrategia engañosa (son diseñadas para distribuir contenido que se sabe que es falso o engañoso) y un formato reconocible (como noticia, tuit, mensaje o audio de WhatsApp).

Por otro lado, puede usarse como una etiqueta que tiene la finalidad de desacreditar determinado contenido, no porque sea falso sino porque no me gusta o me conviene.

Finalmente, el término puede funcionar como un paraguas que, en realidad, esconde todo un ecosistema de información que incluye: 1) Información errónea (información falsa que se difunde involuntariamente) o desinformación (información falsa que es creada y difundida conociendo su falsedad); 2) Motivaciones específicas (generalmente, beneficio económico opolítico, deseo de provocar, entre otros); 3) Formas de divulgación (reenvío mensajes porque me llegan de una persona cercana, creo en un tuit porque tiene un formato “serio”, comparto una noticia porque el medio me parece confiable).

La verdad es que siempre se divulgó información falsa para obtener un beneficio a través de los medios disponibles en la época. La gran diferencia es que, en Internet, el impacto de este tipo de contenido es mucho mayor. Un estudio de 2018 mostró que las fake news son retuiteadas por hasta 100 veces más personas y mucho más rápido que la información genuina, especialmente al hablar de política. Aunque su impacto en conductas como el voto todavía no se conoce bien (y algunas investigaciones sostienen que es nulo), su consecuencia indirecta en las conductas individuales es desconocida. ¿Cuántas personas se expondrán innecesariamente a un contagio de COVID-19 si piensan que están protegidas por una “dieta alcalina”? ¿Cuántas se negarán a usar un termómetro infrarrojo por miedo a que les “dañe las neuronas”?  ¿Cómo circulan las fake news?

La desinformación en las redes sociales circula de diferentes maneras y en distintas escalas. En primer lugar, y con el máximo nivel de planificación, los bots son algoritmos que controlan miles de cuentas de redes sociales, diseñados para producir y difundir contenido interactuando con otras cuentas. Los bots replican miles de veces las fake news y les dan visibilidad. También en este nivel podemos encontrar a los trolls, que son usuarios humanos, generalmente organizados en redes, que generan interacción más genuina y “natural”. Tanto las granjas de bots como los centros de trolls ofrecen servicios para difundir campañas de desinformación en todo el mundo.

Otras veces, las fake news son difundidas por periodistas y comunicadores que, en la necesidad de generar y difundir contenido, pueden verse en la tentación de echar mano a información que parece plausible, aunque esté “floja de papeles”.

Por último, están los y las influencers. No solamente quienes reúnen centenares de miles de seguidores en redes sociales, sino influencers de la vida cotidiana, que en una conversación telefónica, en un mensaje de WhatsApp, en un tuit o un post de Facebook, tienen influencia sobre sus contactos más cercanos.

Todos somos influencers: de nuestros padres, de nuestros hijos e hijas, de nuestras amistades. ¿Por qué, entonces, difundimos fake news?

¿Por qué compartimos FN?

Sabemos que las fake news son más virales que otro tipo de comunicaciones y se viralizan más rápido. También sabemos que las emociones juegan un rol clave en la difusión de estos contenidos, pero: ¿cualquier emoción? Un estudio sobre emociones y desinformación política mostró que la ira nos lleva a una lectura sesgada de las fake news, y las interpretamos según nuestra ideología política sin chequear su contenido.

O sea: cuando estamos enojados, o enojadas, tenemos una lectura menos crítica de lo que nos llega. En un preprint (un artículo académico o científico que todavía no fue evaluado por sus pares) reciente se presenta un estudio en China que analizó 10 mil noticias genuinas y 22.479 fake news en la red Weibo (una especie de Twitter), mostrando que los usuarios que expresaban sentimientos de ira y enojo retuiteaban significativamente más noticias falsas y menos noticias genuinas; en cambio, quienes manifestaban sentimientos de alegría tenían una conducta contraria. Más aún, los usuarios enojados compartían más rápidamente que los que no lo estaban. 

En otro preprint reciente se presenta un experimento en el que los participantes tenían que evaluar si las noticias que les presentaban eran más o menos “precisas” y más o menos “interesantes si fueran verdaderas”. Los resultados mostraron que las FN eran más compartidas porque se consideraban más interesantes si fueran verdad, aún cuando se las percibía como poco precisas. Es decir, mucha gente comparte FN aún sabiendo que son poco confiables; no lo hacen por error: simplemente les parecen tan interesantes, que eso es motivo suficiente para hacerlo. Otro resultado de este trabajo es que el criterio de “interés si fuera cierto” se aplica no sólo a la política, sino también a noticias de todo tipo: desde tratamientos para COVID-19 hasta el descubrimiento de animales extintos.

También se ha probado que los adultos mayores son más propensos que los más jóvenes a compartir desinformación, aún cuando son más precisos para diferenciar desinformación de información genuina. ¿Por qué, entonces, la comparten? La explicación parece ser que, a menudo, las personas compartimos información para establecer o reforzar nuestros vínculos, más que para difundir contenido que consideramos preciso o verdadero. Es decir: la soledad -no sólo entre los adultos mayores- nos vuelve más propensos a compartir desinformación.

Por último, nuestras ideas previas o ideología también explican por qué difundimos fake news aún contra nuestra voluntad. En un preprint reciente se muestra que, aunque la mayoría de usuarios de Twitter prefiere compartir contenido preciso y confiable, muchas veces distribuyen desinformación porque el contexto de sus redes sociales confirma sus sesgos ideológicos y centra su atención en factores distintos de la verdad y la precisión. Si estos son los motivos para compartir desinformación, todavía hay una pregunta que necesitamos hacernos. ¿De qué manera nos relacionamos con ese contenido? ¿Por qué creemos en las fake news?

¿Por qué creemos en las FN?

Hay varias razones por las que las personas recuerdan y creen en noticias fabricadas. Una de las razones tiene que ver con lo que se conoce como efecto de familiaridad. Es más probable que uno crea que algo ocurrió si se encontró con esa información de manera repetida. El mecanismo es similar al que se produce con las marcas: tendemos a comprar marcas que nos resultan familiares aunque no haya evidencia de que sean mejores que otras. Ocurre mayormente por fuera de nuestra conciencia y de manera muy rápida, porque no importa que identifiquemos la fuente. Esta es una de las razones por las que, cuanto más viral sea una notica fabricada, más será creída, independientemente de que no se pueda identificar la fuente o provenga de una fuente dudosa.

Más allá de estos mecanismos de familiaridad, ¿por qué creemos? ¿queremos creer? Hay dos mecanismos cognitivos que han sido involucrados en la creencia en información falsa. El primero está vinculado con nuestras creencias previas e ideología. Tendemos a ser menos escépticos con información que coincide con nuestras creencias que con la que no coincide ¿Cómo elige uno creer? De la misma manera en la que uno resuelve el conflicto de haberse comido un asado monumental, sabiendo cómo se crían los animales en el campo y que son una fuente significativa de contribución al cambio climático: razonando hasta encontrar una serie de justificaciones que nos resulten convincentes, al menos hasta terminar la digestión. Normalmente queremos información que nos ayude a llegar a una conclusión que ya está tomada. Este mecanismo se conoce como “razonamiento motivado”, y se llama así porque se parece a un razonamiento, pero está motivado por arribar a una conclusión en especial. Por ejemplo, en dos trabajos en los que se evaluó la ideología sobre la tendencia a creer en noticias falsas, se pudo observar que los militantes de un partido tienden a creer más en noticias falsas correspondientes a hechos correspondientes a miembros del otro partido que los propios. Más recientemente, se observó algo similar durante la campaña por el aborto legal en Irlanda: los que estaban a favor tendieron a creer más en noticias falsas correspondientes a la campaña del “No” y viceversa. La creencia en FN fue más importante entre las personas de menor coeficiente intelectual. 

Otros trabajos proponen que la ideología o las creencias no son el mecanismo principal de creencia en noticias fabricadas, sino nuestra capacidad de reflexión y de utilizar mecanismos de pensamiento crítico. Esta idea se basa en que existen dos maneras de pensar, una rápida e intuitiva (pero frecuentemente incorrecta) y otra más lenta y deliberativa (frecuentemente correcta). En un trabajo reciente asociaron las habilidades de pensamiento más lento y deliberativo con una menor creencia en noticias falsas tanto de contenido político como no político.

En conjunto, las evidencias que tenemos indican que tanto nuestras creencias previas e ideología como la utilización de pensamiento intuitivo o deliberativo son factores que influyen en nuestra susceptibilidad a la desinformación. 

Entonces… ¿qué hacemos con las fake news?

En la actualidad hay muchas iniciativas para combatir fake news, que descansan en la inteligencia artificial, la ciencia de datos y el trabajo colaborativo. Buena parte del debate pasa por la responsabilidad que tienen las plataformas y redes sociales sobre los contenidos que en ellas se comparten.

Para cada uno de nosotros y de nosotras, el desafío está en leer críticamente el contenido que nos llega: consultar distintas fuentes, desconfiar de nuestros sesgos e identificar sitios confiables para informarnos. También en detenernos y pensar, antes de compartir información, si es precisa, si está basada en evidencias, si nos da confianza. Sin personas que las compartan, las FN no tienen adónde ir.

 

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3 Respuestas

Joaco 5 de Julio de 2020 a las 4:03 am

Excelente nota! Algo que venía charlando con amigos y familiares pero no tenía evidencia para justificarlo.
El único punto que me hace ruido y, a mi entender, muestra un sesgo es cuando se dice que el pensamiento rápido e intuitivo es a menudo “incorrecto”. Creo que se podría decir que es impreciso (o similar)

Perla 5 de Julio de 2020 a las 6:12 pm

Hola, Buenas Tardes!!!
Muy interesantes estas explicaciones..
Me gustaría que hicieran un video con los conceptos más importantes de cada tema…sería muy importante que le llegue a la mayor cantidad de gente posible…
Yo puedo y de hecho haré, pasar este texto por WA pero muchos no solo leerán una parte sino…quizá ni lo lean…
Un video creativo y dinámico seguramente si…
Ojalá puedan realizarlo y pronto sea algo que sin querer queriendo, jajajaj…. haga que los Argentinos nos tomemos un tiempo para reflexionar….
Desde ya muchas Gracias!!!

Daniel 8 de Julio de 2020 a las 7:33 am

Excelente nota. Un poco larga, más breve leería más gente.

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