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El 70% del trabajo de cuidado no pago lo hacen las mujeres

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08 Marzo, 2021 12:35 pm | Tiempo de lectura: 4 minutos
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Si tenés sólo unos segundos, leé estas líneas:

  • La probabilidad de que las madres que conviven con niños y niñas en edad escolar accedan a un trabajo formal es menos de la mitad que la de los padres varones.
  • En tiempos de COVID-19, se incrementó la demanda de cuidados, algo que impacta de manera directa en la organización de las familias y en el tiempo de las mujeres.
  • Cippec realiza un análisis de las políticas públicas que pueden aliviar las desigualdades.

Cocinar, lavar la ropa, limpiar la casa, llevar, buscar y volver a llevar a niños/as a la escuela y acompañar a las personas mayores a la consulta médica son solo algunas de las tareas que llevamos a cabo en la cotidianeidad. Estas actividades conforman un entramado de acciones cruciales para el sostenimiento de las sociedades y de la vida. Dada su naturaleza intrahogar, son las familias quienes realizan este aporte y, en su interior, las mujeres.

Así, en su conjunto, las mujeres realizan un trabajo con frecuencia invisibilizado como tal, pero no por eso menos necesario: el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Por ese motivo, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora es también el día de los millones de mujeres que cuidan.

En la Argentina, el 70% del total de trabajo de cuidado no remunerado lo realizan mujeres. La crianza de niños y niñas representa una porción significativa de estas actividades, dado que prácticamente todas las mujeres argentinas asumirán responsabilidades de cuidado en algún momento de sus vidas.

Según datos de la Encuesta Nacional sobre la Estructura Social de 2015 (última cifra disponible), al finalizar su vida reproductiva el 91% de las mujeres eran madres. Asimismo, entre los 24 y 45 años, el 61% de las mujeres convivía con niños y niñas de hasta 12 años. 

La crianza es una actividad clave para que los niños, niñas y adolescentes transiten una infancia y adolescencia disfrutable y para que desarrollen las capacidades y la autonomía suficiente que, en el futuro, les permita participar activa y provechosamente de la sociedad.

Es, al igual que otros trabajos, una actividad que involucra una gran cantidad de tiempo, dinero y saberes, pero por el cual, a diferencia de otros trabajos, las personas que lo realizan no obtienen remuneración. Prácticamente todas las madres trabajan en forma no remunerada y más de la mitad, 5 o más horas al día. 

El trabajo de cuidado atraviesa la vida de la gran mayoría de las mujeres, pero sus oportunidades efectivas para reducir y distribuir la carga de trabajo no remunerado entre los integrantes del hogar afectarán de forma diferente sus trayectorias vitales. En efecto, las condiciones en que actualmente las sociedades afrontan la crianza de las nuevas generaciones compromete la autonomía económica -entendida como la capacidad de generar y hacer uso de recursos propios- de gran parte de las madres y mujeres que cuidan. 

Esto sucede en un contexto en donde el acceso al dinero y al trabajo decente es una de las llaves para que las mujeres cuenten con la libertad para tomar decisiones que afectan el curso de sus vidas. La probabilidad de que las madres que conviven con niños y niñas en edad escolar accedan al trabajo decente -definido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) como un trabajo que garantiza derechos laborales mediante el acceso a la protección social y la justa remuneración en condiciones de libertad, igualdad, seguridad y dignidad humana- es menos de la mitad que la de los padres varones, brecha que se amplía al desagregar los datos por nivel educativo.

Además, hay diferencias socioeconómicas entre mujeres: la brecha en el acceso a ingresos propios y al trabajo decente supera los 20 puntos porcentuales entre mujeres que terminaron el secundario y aquellas que no lo hicieron. 

Porcentaje de personas con hijos/as que acceden a un trabajo decente, por sexo y nivel educativo. Total país. 2015.

Fuente: elaboración de Cippec en base a ENES, Ministerio de Ciencia y Tecnología (2015).

La baja corresponsabilidad del Estado y el mercado con la organización social del cuidado deriva en que la mayor parte de este trabajo se realice en forma no remunerada al interior de las familias. En este espacio, la división sexual del trabajo conduce a que el trabajo no remunerado implicado en la crianza recaiga desproporcionadamente en las mujeres. 

Cuando las familias afrontan una carga de trabajo no remunerado menor, logran atenuar las consecuencias del pacto implícito de género que direcciona a las dinámicas familiares de cuidado. Así, las familias conformadas por madres que acceden al trabajo decente tienen menos niños y niñas para cuidar y una mayor proporción accede a espacios de crianza, enseñanza y cuidado y otros servicios de apoyo al cuidado, lo que reduce su dedicación horaria al trabajo no remunerado.

En cambio, las familias cuyas madres no trabajan en forma remunerada o acceden a trabajos remunerados sin condiciones laborales decentes suelen tener más niños o niñas, mientras que utilizan en menor proporción los servicios de apoyo al cuidado. Esto incrementa la carga de trabajo no remunerado total del hogar y las horas que las madres destinan al cuidado.

Relación entre categoría ocupacional, nivel educativo y cuidado de hijos/as. Total país. 2015.

Fuente: elaboración de Cippec en base a ENES, Ministerio de Ciencia y Tecnología (2015).

Así, el panorama reciente revela que, pese a que la inmensa mayoría de las mujeres cuida en algún momento de sus vidas, las condiciones laborales y socioeconómicas en las que lo hacen varían y tienen diferentes implicancias sobre su autonomía económica. 

En promedio, las mujeres en situación de mayor vulnerabilidad laboral y menor nivel educativo tienen más hijos e hijas, lo que impacta en su carga de trabajo de cuidado y esto restringe aún más sus oportunidades económicas. En cambio, en los estratos socioeconómicos más altos, el trabajo de cuidado no remunerado implica una menor dedicación de las madres, liberando así tiempo para realizar otras actividades. 

En tiempos de la COVID-19, estas brechas se acentúan, dado el incremento de la demanda de cuidados que impacta de manera directa en la organización de las familias y en el tiempo de las mujeres. En este contexto, las políticas públicas tienen un rol crucial para reconocer el cuidado como un trabajo y garantizar la equidad en las condiciones en las que las familias de distintos sectores socioeconómicos, y en especial las mujeres, lo realizan.

 

Si querés datos e información verificada sobre cuestiones de género, entrá a este especial de Chequeado.

Recomendaciones de Cippec sobre el cuidado como un derecho y un trabajo

El Día Internacional de la Mujer Trabajadora nos convoca para reconocer el valor del cuidado como un trabajo e impulsar su redistribución para promover las autonomías de las mujeres. Los déficits que encuentran hoy las mujeres, y en especial las mujeres madres, en el goce de sus derechos económicos se vincula con la pobreza de tiempo que genera la asimétrica división sexual del trabajo y tiene implicancias para el bienestar de las familias. Es imperioso el rol del Estado como garante del derecho a cuidar y ser cuidado/a en condiciones dignas. 

Los avances realizados desde el Poder Ejecutivo Nacional para abordar las políticas de cuidado de manera sistémica se visualizan en que: durante el último año se conformó la Mesa Interministerial de Cuidados y una comisión redactora de un proyecto de ley para la creación de un sistema integral y federal de cuidados

En paralelo a estos esfuerzos de coordinación, indica Cippec, es preciso avanzar en el fortalecimiento de los 3 pilares que hacen a una organización más justa y equitativa del cuidado. 

  1. El tiempo, a través de la implementación de licencias universales, que incluyan a trabajadores/as independientes y en la informalidad, que se adapten a los diversos formatos familiares y que promuevan la corresponsabilidad. Será central el seguimiento de cómo se implementan las licencias establecidas para padres y madres con hijas e hijos en edad escolar para analizar su impacto tanto en términos de la brecha socioeconómica entre trabajadores formales que perciben estas licencias y otros trabajadores, como en términos de la brecha de género.
  2. El dinero, mediante la expansión de los esquemas de transferencias a las familias. Mucho se avanzó en este punto en el último año: se reforzaron las transferencias preexistentes (con bonos a la Asignación Universal por Hijo y Asignación Universal por Embarazo, por ejemplo), se crearon nuevas transferencias regulares (como la Tarjeta Alimentar, o la Asignación por Cuidado de Salud Integral), y se hicieron transferencias excepcionales (como el Ingreso Familiar de Emergencia). La mayoría de estas transferencias no están explícitamente dirigidas a apoyar la resolución del cuidado, pero en los hechos fortalecen los recursos con los que cuentan las familias para cuidar. El desafío que se enfrenta actualmente es articular estos esquemas para consolidar un verdadero piso de protección social que sea universal (cerrando potenciales brechas de cobertura) y que no genere inequidades.
  3. Los servicios, en particular, la provisión de espacios cuidado, enseñanza y crianza (CEC) de calidad. El presidente Fernández prometió en su discurso del 1 de marzo último la apertura de “800 jardines en todo el territorio nacional”. Será clave que esos jardines se establezcan en las jurisdicciones de menor cobertura y mayores necesidades. Así, se podrá contribuir a la redistribución y reducción del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado que recae sobre las familias y, dentro de ellas, sobre las mujeres.

A su vez, para visibilizar y reconocer el valor del trabajo no remunerado, es crucial avanzar en la senda comenzada por el Ministerio de Economía de la Nación con la medición de su contribución al Producto Bruto Interno (PBI) e implementar encuestas periódicas que indaguen en el uso del tiempo de las personas y las familias. Este reconocimiento debe ir acompañado de un salario adecuado y la representación de las cuidadoras remuneradas. Esto implica garantizar derechos a las trabajadoras como también mejorar las condiciones en las que se provee el cuidado asegurando condiciones de trabajo decente.

Las brechas socioeconómicas entre los géneros y entre mujeres de distinto nivel socioeconómico también urgen a implementar políticas educativas, laborales y de protección social desde una perspectiva de género.

Estas intervenciones podrían apuntar a garantizar la finalización del tramo de escolarización obligatorio y a sostener la participación laboral femenina mediante la consideración de medidas de conciliación trabajo/estudio-familia.

También sería preciso avanzar con medidas de mercado de trabajo que afiancen las estrategias de formalización laboral y aseguren condiciones dignas de empleo con el fin de promover las oportunidades de trabajo decente. Un sector especialmente clave, en este aspecto, es el del trabajo doméstico. 

Por último, las políticas de protección social destinadas a garantizar ingresos y el acceso a bienes y servicios básicos, con foco en las familias con niños y niñas, las personas mayores y las desempleadas podrían garantizar un umbral mínimo de bienestar a las poblaciones más vulneradas.

La transversalización del enfoque de género en todo el ciclo de estas políticas será crucial para promover su implementación con equidad y para que la maternidad no coloque a las mujeres en situación de desventaja.

Las intervenciones que contribuyen a la igualdad de género y al cuidado de calidad, no son percibidas como prioritarias en un contexto de crisis. Sin embargo, la igualdad de género es un prerrequisito para avanzar hacia un desarrollo sostenible e inclusivo. La evidencia es clara en demostrar que son políticas que tienen efectos multiplicadores que pueden catalizar impactos positivos en términos de mitigación de la pobreza, reducción de la desigualdad y promoción de la reactivación económica.

El aislamiento y la caída de actividad profundizada por la pandemia visibilizó la crisis del cuidado que enfrenta cada familia y, a nivel agregado, que enfrentamos todos/as como sociedad. Se trata de un problema que afecta nuestro presente y futuro, y su solución puede ser también una estrategia de desarrollo. 

 

Las autoras integran el programa de Protección Social del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec). Gala Díaz Langou es la directora, Florencia Caro Sachetti es coordinadora y Vanesa D’Alessandre es investigadora asociada.

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2 Respuestas

Nora Belachur 8 de Marzo de 2021 a las 11:04 pm

Será muy útil que también se haga algún informe sobre la mujer cuidadora de hijos con discapacidad que es aún más invisibilizado y con una dedicación 24/24 los 365 al año y sin ninguna remuneración y obvio sin aportes para su futuro y ni hablar del deterioro por stress crónico..

Danilo 12 de Marzo de 2021 a las 6:25 am

Verdadero pero…. El 90 % de las muertes por accidentes laborales son de hombres. El 80% de los trabajos de riesgo(construcción, electricidad, transporte, etc) son realizados por hombres. Los hombres tienen una expectativa de vida 7 años menor que las mujeres,(posiblemente relacionado con este dato anterior) sin embargo se jubilan después. Los hombres realizan trabajos fuera de su casa en un 70% más que las mujeres con la demanda y carga de estés que esto genera. Las mujeres cuando realizan actividades fuera del hogar trabajan menos horas en total que los hombres. Los datos sube la actividad doméstica en forma aislada son tendenciosos y sesgados aparentando una supuesta desventaja laboral en la mujer cuando claramente las peores consecuencias como trabajador recaen sobre los hombres.

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